La ira, como todos sabemos es uno de los frutos más dulces del árbol de las emociones, para algunos la rama de donde lo cogemos está alta, para otros se encuentra muy baja y para mí, se encuentra en un sótano, bajo llave y con un sistema de ventilación que prevenga que sus dulces vapores lleguen a mi nariz y me vea tentado a darle "solo un mordisquito".
Pero tengo la llave. Y a veces la uso, he de admitirlo.
Lastimosamente esa maldita bestia no se deja encerrar fácilmente, y por más que lo intento, mi actitud general hacia el mundo se vuelve "hijueputezca", hago un gran esfuerzo por controlar mi canal de pensamiento y enfocarlo en lugares felices, poneys, castores, pandas, piratas, etc. Todo lo que alguna vez me haya traído una sonrisa al rostro, es difícil enojarse si se está riendo, y... viceversa.
Eso no quiere decir que sea un gruñón, simplemente que una vez molesto por algo es muy difícil detenerse, es como una locomotora que pide cada vez más y más carbón para seguir funcionando... es difícil en esos momentos no recordar todas y cada una de las traiciones sufridas en la vida, pero desde una perspectiva destructiva, vacía, infeliz. Prueba de ello es el desasosiego y vergüenza que siento una vez que los ánimos se desinflaman, cuando la bestia ya cansada de tanto luchar y por fin se duerme; es ahí cuando hago un recuento y pienso en actitudes reprochables que tomé, en palabras hirientes que pensé y en ocasiones dije (no es que no fueran ciertas, pero tiendo a no ser un malparido con la gente).
Es duro vivir sabiendo que las situaciones de injusticia, odio, burla o agresión hacia mi persona generen en mi pensamientos destructivos o que no aportan, la mente es una herramienta que no debería desperdiciarse en ese tipo de pensamientos.
Las situaciones que desencadenan ese tipo de actitud en mi son por lo general de orden mayor, cuando la negligencia o la estupidez de otro ser humano entra en mi zona de confort y se aprovecha en una medida apreciable del buen carácter que intento mantener, una vez pasado ese punto, cuesta volver marcha atrás.
Cuando la ira me invade busco la soledad, donde no pueda lastimar a nadie, donde no me pueda arrepentir de las cosas que en el calor del momento haya dicho y no las quisiera haber dicho nunca, donde puedo sentarme a respirar hondo, bajar mi ritmo cardíaco, pensar si de verdad vale la pena (que por lo general no) y volver a ser yo.
Hay personas en mi vida que la hacen excepcional y solo pensar es como recibir una brisa fresca en el rostro, esas personas merecen mi gratitud por su comprensión y por estar allí, aunque sea cuando vuelvo cansado de intentar contener a la bestia que se disfraza de fruto.
Esta entrada no tiene un final feliz, así como no es una llamada de auxilio ni un grito desesperado de ayuda, es parte de mi simplemente, intento adaptarme a vivir con ello, día a día.
Es el tercer día del proyecto Desde el Marco de mi Ventana, el cual empecé para desahogar mi mente, despejarla, llenarla de nuevo contenido y nuevas palabras para poder acercarme a las musas y susurrarles al oído los versos y líneas que en mí inspiran con solo el hecho de existir.
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