Veo como lava las calles, los caños, la acera y a la gente incauta que no lleva paraguas.
Veo como se arremolina en los drenajes, como arrastra la tierra y los desechos que hay sobre esta.
La oigo también, un dulce susurro que incita a dormir plácidamente inclusive en el más enérgico de los días.
La oigo cuando se hace paso a través del techo, colándose por resquicios insospechables y depositándose en la fría cerámica del hogar.
La siento en el aire, como refresca, llevándose el calor que agobia y adormece.
La siento en la piel cuando me convierto en un incauto que no lleva paraguas.
La siento, la veo y la oigo venir e irse, una y otra vez hasta el final del invierno.
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