Veo como lava las calles, los caños, la acera y a la gente incauta que no lleva paraguas.
Veo como se arremolina en los drenajes, como arrastra la tierra y los desechos que hay sobre esta.
La oigo también, un dulce susurro que incita a dormir plácidamente inclusive en el más enérgico de los días.
La oigo cuando se hace paso a través del techo, colándose por resquicios insospechables y depositándose en la fría cerámica del hogar.
La siento en el aire, como refresca, llevándose el calor que agobia y adormece.
La siento en la piel cuando me convierto en un incauto que no lleva paraguas.
La siento, la veo y la oigo venir e irse, una y otra vez hasta el final del invierno.
Veo la escombrera que hice para la gran tonelada de basura que mi mente genera a diario
sábado, 28 de julio de 2012
Lo que veo de la palabra escrita
Si no se conoce el alma de quien recibe la palabra escrita, no podremos adivinar la interpretación y los matices que esta le añade a los signos gráficos de nuestro sistema de escritura, tanto los castillos en el aire como las más oscuras y tenebrosas ciénagas de nuestro pensamiento se ven influenciadas por palabras con significados que exageran la realidad de lo que se quiere decir; utilizar las palabras sin saber el alcance de su significado es desperdiciar la herramienta, banalizar su función, pervertir el mensaje y perturbar la conciencia de aquellos quienes aún conocen y utilizan comedidamente el lenguaje para intentar expresar la amalgama de pensamientos que se hallan en su fuero interno.
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